27 September 2009
Celosos y celos
Por Blanca
Dice Dostoievsky en algún momento de los Hermanos Karamazov, ahora mismo no recuerdo por boca de quién, que el verdadero celoso se enfada menos que el confiado cuando es traicionado por la persona a la que ama. Y va incluso un poco más allá: afirma que el celoso, en realidad, no se enfada en absoluto. Vive un proceso sentimental intenso, desde luego, violento en la forma en que lo percibe, convulso en la forma en que lo puede expresar. Pero no es enfado. O cuando menos, señala, no es decepción. Y el hecho de que no lo sea le lleva, además, a perdonar con más facilidad.
El verdadero celoso perdona. Le podemos identificar así.
Y pensaba yo en todo esto, porque todos tenemos nuestra forma de vivir los celos, y a todos nos interesan estas cosas, las que nos pasan a todos, quiero decir. Sobre todo si llega alguien tan sesudo como Dostoievsky y decide dividir la gran familia humana en dos mitades. Queremos saber en qué mitad caemos, claro. En qué mitad, qué etiqueta nos toca. Pero eso sí: siempre que nosotros decidamos previamente que nos parece acertada la división, claro está.
Total, que pensaba yo en todo esto, como decía, porque, como también decía, me vi obligada a ello por un irrefrenable instinto. Y decidí analizar más a fondo las ideas que el autor describe sólo por encima, y desarrollar la serie de características que definen a uno y otro tipo de amante dostoievesco, para nuestro disfrute personal y para que podamos clasificarnos a nosotros mismos como uno u otro en nuestros ratos ociosos y ególatras.
Eso sí: lo de clasificarnos, eso que cada uno lo haga en privado.
Pues hala, aquí van los que, según yo, son los dos tipos de amadores que nos presenta el autor:
El que ama confiadamente* no piensa en momento alguno que pueda ser traicionado, por definición. Nunca siente que la exclusividad del amor que su pareja siente hacia él corra peligro si no tiene ninguna razón para pensarlo. Y es precisamente esta confianza ciega, este no concebir que traición alguna pueda recaer sobre él, los que convierten cualquier desengaño en este sentido en uno difícil de superar, en una decepción profunda generada por el ser amado y por la relación sentimental misma que dificulta enormemente que pueda llegar el perdón. Nada era lo que uno amaba, la situación de amor sin posibilidad de traición no existía. El perdón es la vuelta del todo a la situación en que los dos estaban a gusto, la que habían pactado, la que constituía “lo suyo”. Pero ese “lo suyo” la persona herida no sabe si lo quiere, porque él no sabía que era eso lo que tenía. Ese “lo suyo” incluía posibilidades que él no había firmado, y por tanto el perdón completo, la vuelta a la posición inicial, no existe. Puede existir un nuevo contrato, otra promesa de amor fiel en la que él vuelva a confiar plenamente, eso es indiscutible. Ahora bien: existen matices en este nuevo acuerdo que lo diferencian, aunque sea muy sutilmente, del anterior. No es que el amante vaya a comenzar a sentir celos a partir de entonces y vaya a convertirse así en el tipo de amante número 2. Hablamos solamente de matices. Confía sabiendo que ha pasado una vez, concibe ese escenario. Por eso le cuesta tanto perdonar, porque ha de cambiar el esquema mental que tenía sobre cómo funcionan las cosas, sus cosas.
El que ama sintiendo celos -recuérdese que para que funcione el modelo éstos han de ser infundados-, el verdadero celoso, el celoso nato, por vocación, desconfía, por definición, de la fidelidad de su pareja. Sus celos son independientes de los hechos, de aquello que su pareja le demuestre o haga. Esta coyuntura hace que si ocurre que, por razones independientes a su manera de sentir, el celoso sufre una infidelidad, no sea capaz de sentir tanto sufrimiento como el confiado. Se lo esperaba, concebía perfectamente esa situación. L decepción no puede ser, en ningún caso, tan profunda.
Por ello mismo, a nuestro celoso le resulta mucho más fácil perdonar. Por una parte, la vuelta sentimental a la situación inicial que decíamos representa el perdón es mucho más sencilla, dado que ésta, la inicial, era una situación mucho más alcanzable en este caso que en el que comentábamos en primer lugar: el celoso, tras perdonar, sólo ha de volver a sentir celos. Pero es que además, y por otra, el hecho que hace necesario su perdón, la infidelidad en sí, lo único que hace es apaciguar su estado de incertidumbre permanente: el celoso vive inquieto, sin saber dónde está aquel de quien desconfía, qué hace, con quién estará. Así, cuando descubre la situación concreta en que tuvo lugar la infidelidad, tiene muchos de los datos que antes sólo imaginaba: puede descansar, en cierta manera, hasta que la incertidumbre vuelva a tomar control de la situación.
La supuesta catástrofe únicamente alivia el estado normal en el que vive.
Al confiado se la destruye.
Sin exagerar tanto como exagera el autor y como me he visto, a mi vez, obligada a hacer yo aquí, sí que es todo un poco así, a que sí.
*”el que ama de verdad” en el original: esta categorización, a mi entender , desequilibra la balanza de la división (ninguno vamos a querer caer fuera de la categoría), y además no me parece necesariamente cierto, conque me quedo con la clasificación por grados de confianza, que da lugar a dos categorías cuya mutua exclusión es indiscutible. Si una es “el celoso”, la otra ha de recoger necesariamente a aquellos que no sienten celos. Infundados, entiéndase siempre, por cierto.
