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El razonamiento paradójico

Por Manolo

Los Jeleton me pidieron que escribiera un texto para el catálogo de una exposición en La Capella en la que participaban. Éste es el texto:


El Razonamiento Paradójico.

Permíteme que introduzca lo que entiendo por razonamiento paradójico con un par de citas, a modo de ejemplo:

El error de los sentimentales es, no el creer que existan “tiernos afectos”, sino pretextar un derecho sobre estos afectos en nombre de su tierna naturaleza. Mientras sólo las naturalezas duras y
resueltas saben y pueden crearse un círculo de tiernos afectos. (C. Pavese, El Oficio de Vivir, p. 73, Seix Barral)


Si la repetición es posible, es contra la ley moral tanto como contra la ley natural. (G. Deleuze, Différence et Répétition, p. 12, PUF)

El primera apotegma, de los diarios de César Pavese, nos informa de lo siguiente: contra lo que en principio uno hubiera predicho, no son los sentimentales los más capaces de querer tiernamente sino que sólo debe esperarse un afecto de ese tipo si ha de venir de un tipo duro y resuelto.
El segundo resume un resultado de la investigación de Deleuze sobre repetición y diferencia (ya en la introducción a su libro). Si alguien nos hubiera preguntado, todos hubiéramos dicho que la idea de repetición es consustancial a la de ley natural: todo metal se expande al calentarse, a fin de cuentas, porque cada metal que se calienta se expande. Es de esperar que veremos a los metales calientes expandirse una y otra vez. Cada vez. Eso es repetición, ¿no? Pues no. La respuesta correcta es que la repetición ocurre contra la ley natural.
Voy a suponer en lo que sigue que existe cierta semejanza entre ambas aserciones: las dos proponen análisis parciales de una cierta noción (los tiernos afectos en una, la repetición en otra) y dichos análisis arrojan consecuencias que contradicen al sentido común. Propongo, tentativamente, decir que cualesquiera aserciones que sean semejantes (en el mismo sentido) a las de Pavese y Deleuze son instancias de razonamiento paradójico.
César Pavese escribió sus libros importantes a mediados del siglo pasado. No fue un pensador profesional sino un poeta, aunque sus diarios están llenos de reflexiones como la de más arriba. Gilles Deleuze sí cobraba por reflexionar y era, de hecho, uno de los filósofos más conocidos de su país.
El perfil intelectual de ambos autores es suficientemente distinto como para que se pueda colegir sin mucho riesgo que el pensamiento paradójico es algo más que una característica idiosincrática del estilo de tal o cual autor, o de su manera de aproximarse a los problemas abstractos, de su método. Creo que es, más bien, una verdadera opción por defecto; la forma estándar en que piensa toda una clase intelectual que transciende épocas, departamentos universitarios, filiaciones de escuela o gustos artísticos.
Yo opino -debo ir diciéndotelo ya- que el hábito del pensamiento paradójico es una desgracia, incluso una vergüenza. Antes de explicarte en detalle mis razones, debo decirte también que tales razones son, todas ellas, post hoc. En realidad, antes de caer en la cuenta de que lo que paso enseguida a relatarte podría explicar por qué el pensamiento paradójico no es digno de confianza, ya desconfiaba. Y bien, ¿qué interés puede revestir un programa de investigación que consiste en extraer conclusiones contraintuitivas acerca de cualquier cosa? ¿Qué verdades pueden obtenerse con un método que se basa en el acoso y derribo sistemáticos de las conclusiones que arroja el sentido común? Me parece que ninguno y ningunas sino que, antes al contrario, el sentido común está refrendado por un historial de éxitos predictivos y explicativos abrumadoramente superior al que puede mostrar el pensamiento paradójico. Y, como ya vio G. E. Moore hace un siglo, el debate no se da entre aquellos filósofos que respetan el sentido común y aquellos que no (porque los segundos no existen) sino entre aquellos que viven conforme al sentido común y a la hora de la teoría lo respetan también, y aquellos que viven conforme al sentido común pero luego desdeñan sus enseñanzas cuando llega la hora del razonamiento abstracto. Porque ¿cómo crees que se conducen los pensadores paradójicos cuando van a la compra o intentan descubrir cuál, de entre dos exámenes parecidísimos, es el original y cuál la copia? Pues eso.
En todo caso, te ofreceré enseguida mis razones post hoc para desconfiar del pensamiento paradójico. Antes, no obstante, deja que te explique cómo entiendo la distinción entre entidades objetivas y subjetivas, que tendrá cierta importancia en lo que sigue.
Espero que el contraste entre ambos tipos de entidades sea intuitivamente obvio. Unos ejemplos serán sin duda suficientes para que veas a qué me refiero: mi pluma, Gilles Deleuze, la guerra civil española, “Trabajar Cansa” de Pavese, todas estas son entidades objetivas. Por otro lado: un picor en la planta del pie, el poco de resaca que tengo ahora mismo, la amistad que sientes por mí, ésas son entidades claramente subjetivas.
Nada puede haber más diferente que lo objetivo y lo subjetivo pero ¿en qué se concreta esta diferencia? Una de las pruebas de que cierta entidad es objetiva es que exista acuerdo intersubjetivo acerca de su existencia y sus propiedades. Así, mi vecina de asiento en el autobús desde el que te escribo está de acuerdo conmigo sobre el color de mi pluma, tanto como yo estoy de acuerdo con ella sobre la marca de las galletas que acaba de almorzar. Acuerdos como estos son evidencia del carácter objetivo de pluma y galletas. En cambio, no existe acuerdo intersubjetivo sobre las propiedades cualitativas, el carácter fenoménico de mi poco de resaca. Al menos en principio, nadie sino yo tiene acceso a las sutiles diferencias que permiten distinguir esta resaca mía en concreto de otras resacas posibles no instanciadas.
La segunda marca de objetividad que quiero llevar a tu consideración es la posibilidad de pensar en una entidad de maneras distintas e independientes: un admirador de los escritos sobre cine de Deleuze tiene, a buen seguro, un modo de acceso a G.D. en todo distinto al que tuvo Mme. Deleuze, su madre. Esta idea de los modos de acceso quedará más clara si piensas en los ejemplos clásicos de personajes con dos caras. Nada más distinto que el modo de acceso que tienen a Jekyll/Hyde los socios del apacible club social al que pertenece el Dr. Jekyll y los hampones con quienes se cruza Hyde durante sus correrías nocturnas. Parece, en cambio, que los modos de acceso a entidades subjetivas son, al menos en la mayoría de ocasiones, idénticos a las entidades mismas:
si sufro una alucinación en la que creo ver a un ser enteramente hecho de luz flotando sobre mi cama parece que el único modo de acceso que existe a mi alucinación es aquél que estoy usando yo.
En tercer lugar, y es la marca de objetividad más importante, las entidades objetivas se distinguen porque existe siempre la posibilidad de que estemos equivocados sobre sus propiedades y la posibilidad de que ciertas propiedades de la entidad en cuestión nos sean desconocidas, incluso permanentemente. Este último criterio explota el hecho de que la existencia y propiedades de lo objetivo son previas e independientes del conocimiento que podamos tener de ellas. ¿Había setecientos seis libros en la biblioteca personal de Diderot? No lo sabemos. Con seguridad, nunca lo sabremos; y, sin embargo, o bien los había o bien no los había. Además, incluso si llegamos a creer con un razonable nivel de confianza que el número correcto de libros era más bien ochocientos treinta y siete, puede ser que nuestra creencia no constituya conocimiento porque estemos equivocados.

Por fin estoy en posición de darte mis razones.
Al proponer el análisis paradójico de un concepto F se busca, primero, proporcionar evidencia de que tal concepto hace referencia a una entidad objetiva. Efectivamente, si es comunmente creído que todas las entidades que caen bajo el concepto F son G, un análisis paradójico del tipo “No es cierto que los F sean G; antes bien, no lo son” demuestra (en cursiva, claro, no estoy hablando en serio) que la propiedad de ser F es una propiedad objetiva; o por lo menos demuestra que la propiedad de ser F cumple con el tercero de los criterios de objetividad que te he detallado más arriba. Éste es ya un resultado nada desdeñable para el pensador paradójico: resulta que su objeto de estudio no es, propiamente, el acervo de creencias comunes que sobre la propiedad de ser F tienen sus congéneres. Si, como muestra su cumplimiento del tercer criterio, ser o no F es algo que debe dirimirse atendiendo a cómo son objetivamente las cosas, el trabajo del pensador paradójico debe verse como una investigación de la F-idad en sí. Apartarse del juicio común al respecto de cómo son o dejan de ser los F (en concreto, si los F son además G o no) puede ser, pues, una obligación ineludible.
Puede ser una obligación ineludible, pero puede también no serlo. En efecto: es posible que el juicio común no se equivoque y que todo F sea, después de todo, G. El criterio de objetividad sólo habla de la posibilidad de error, no, por supuesto, de la necesaria presencia del error. Lo malo para los intereses del pensador paradójico es que, cuando el juicio común no se equivoca, no hay manera de saber si se cumple el tercer criterio. Cabe la posibilidad de que la entidad en cuestión esté constitutivamente vinculada a lo que el juicio común opina sobre ella y, por tanto, no cumpla con los requisitos de objetividad. Sólo puede estar uno seguro si el error se muestra en efecto. De ahí, quizá (y ésta es una de mis razones post hoc, ya lo habrás supuesto), la insistencia del pensamiento paradójico en dar mentís tras mentís al sentido común.
Pero el pensador paradójico consigue algo más. La historiadora que demuestra que es incorrecta la hipótesis que habíamos propuesto acerca del número de volúmenes en la biblioteca de Diderot es mejor historiadora que nosotros. Nosotros hemos dicho un número, ella otro y el correcto ha resultado ser el suyo. Hay que descubrirse ante ella, ya lo ves. Pues bien, en sus zapatos quiere estar el pensador paradójico. Nosotros hemos llegado a la conclusión de que los F son G, pero él se aparta de nosotros y se dirige al encuentro de lo F en sí, lo estudia y cuando vuelve nos saca de nuestro error: los F no son G. Gilles Deleuze sale al encuentro de la Repetición en sí y vuelve con un cargamento de tesoros contraintuitivos que, primero, demuestran la objetividad del concepto de repetición y, segundo, refrendan las aspiraciones de G.D. a ser considerado el depositario de la verdad última sobre él. Creíamos que las leyes naturales consistían, al menos parcialmente, en la repetida correlación de acaecimientos de un tipo con acaecimientos de otro tipo. Nada de eso. Creíamos que los Tiernos Afectos estaban, no por casualidad, vinculados a personas tiernamente afectivas. Nada de eso otro tampoco. Sospecho que no es casual que los análisis paradójicos sean paradójicos. Deben serlo para colmar las aspiraciones de sus proponentes.

Hasta ahí mis razones post hoc. Ahora, un par de advertencias sobre lo que he dicho, y te dejo: por supuesto, es posible desmentir al sentido común. Ocurre a veces; incluso a menudo. Sólo digo que si algo tiene justificación por defecto en sus juicios es el sentido común; y digo también que, por tanto, para contradecirlo hay que producir poderosos argumentos. Por ejemplo -el ejemplo de siempre- el inapelable éxito predictivo de la teoría de la relatividad es un poderoso argumento para revisar nuestras creencias acerca de qué sucesos cuentan como simultáneos. Los epigramas de Pavese sobre el Estilo o los Afectos no son, en cambio, igualmente poderosos. En fin, Pavese es un artista y quizá sólo pretende deleitarse y deleitarnos en el libre juego de las asociaciones, sin más. En ese caso no tengo nada que objetar.
Nada está más lejos de mi intención que negar la objetividad del concepto de diferencia, o el de repetición. Pero es que en ese caso es absurdo suponer que podemos estar equivocados sobre qué cosas son o no diferentes de otras o repeticiones de otras. Sí niego, desde luego, la objetividad de la noción de tierno afecto.
Espero no haberte fatigado. Dime por favor qué opinas de todo esto. Nos vemos pronto.

Comments

  1. blan
    19 June 2007 | 5:13 pm

    para que sepas que todavía paso por aquí, por si hay algo que comentar

  2. 15 October 2010 | 5:32 pm

    bastante bueno
    eres estudian te de filosofia¿¿¿¿¿¿¿¿¿????????

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