28 March 2008
Decencia, hombre ya.
Por Blanca
Se ve que uno de los conceptos más importantes que recogía la ideología del partido nacionalsocialista en la Alemania de los años 30, y digo más importantes porque había de constituir la base para la construcción de la moral individual -todo lo individual que permite una ideología tan social como aquélla- era el concepto de decencia. Uno había de ser, antes que ninguna otra cosa, una persona decente. Y, según el diccionario de la lengua española -habremos de confiar en el historiador que en su día decidiera traducir así el término, claro está- decencia significa recato, honestidad, modestia, dignidad en los actos y en las palabras. Esto es: honestidad, pero siempre en su vertiente humilde, con vocación de sentir verdadero amor y misericordia hacia los iguales. Para ser un buen alemán, la capacidad de sentir compasión era casi obligatoria.
Eso sí: en la mencionada ideología existía un concepto anterior al de decencia, uno que colaboraba a determinar cómo construir la sociedad, previo por tanto a cualquiera que hiciera referencia a la construcción del individuo: el de inclusión, complementado e incluso codefinido por su antónimo, el de exclusión. De hecho, lo que quedó desde un primer momento perfectamente definido en el ideario del régimen fue quién NO pertenecía a la sociedad alemana. Así, concretando tan detalladamente quién quedaba excluido del grupo, el partido obtenía la legitimidad ideológica para determinar que tal exclusión, la conceptual, fuera acompañada de otra, la territorial (en la ideología nazi del año 33 el genocidio no se contemplaba, únicamente se determinaba el destierro de los no alemanes. Al no transcurrir la guerra tan bien para el bando como había sido de esperar, la conquista de nuevos territorios a los rusos donde desterrar excluidos se fue mostrando cada vez más improbable: sólo entonces se les ocurrió la solución final, si bien dentro de una ideología extremadamente racista era más sencillo que se aceptara tal pretensión). Se definió la exclusión social para definir quién había de ser expulsado de Alemania, sí, pero también para reforzar implícitamente el sentimiento de inclusión: cuando uno fija las condiciones de no pertenencia a un grupo, todos aquellos que no las cumplen se sienten honrados con su consecuente inclusión en él, y están dispuestos a sacrificar más cosas por defenderlo, especialmente si en la anterior otros que se quedaban sin derechos. Los alemanes pobres estaban más dispuestos a morir por los ricos que antes.
Total, a lo que iba. Con una sociedad basada eni unas normas de inclusión/exclusión y una moral basada en la decencia, lo que cualquier ciudadano que quisiera ser consderado como buen tal tenía que hacer era ser compasivo y humilde con sus iguales, esto es, con los alemanes. Y era tanto el amor que se había de sentir para comportarse correctamente que cualquier desviación de esta compasión hacia grupos de no alemanes era considerado un comportamiento indecente, ya que sentir misericordia hacia un no alemán conllevaba inevitablemente restársela a la gran familia alemana: como es imposible tener para todos los de dentro, si encima la malgastas fuera tu actitud resulta, a todas luces, inmoral.
Puede parecer pintoresco desde este siglo, pero la realidad es que aquel concepto de decencia no estaba tan alejado del nuestro. Una persona tan preocupada por el reino animal que tienda a olvidar que también ha de sentir compasión por los humanos, en esta sociedad es presentado como de moral, cuando menos, sospechosa.
6 Comments »