El PP ha prometido que, si gana las elecciones, todos aquellos que ganen menos de 16.000 euros brutos al año quedarán exentos de pagar el IRPF. A mí personalmente la verdad es que me viene bien, y es que sí, formo parte, intuyo que como muchos de los lectores, de ese grupo humano al que ahora han decidido poner nombres ridículos que no pienso reproducir aquí, aunque sólo sea para no ayudar a ningún espabilao-de-los-nombres a vender sus libros.
Pero eso no viene al caso. El caso no es lo que nos diga la tripa, el mevienebien o el mevienemal, en eso estamos todos de acuerdo. El caso es comprender exactamente qué significa, en términos económicos –y en última instancia, por tanto, de calidad de vida-, aumentar considerablemente el número de personas liberadas de cumplir esta obligación fiscal.
Antes que nada, me gustaría aclarar que todos los argumentos que aquí se expondrán ya se manejan en primero de económicas, esto es, no reflejan ni de lejos todos los matices del problema. Pero es que parece que el debate electoral se ha establecido en estos términos: “Pero entonces, bajará el gasto público”, dicen unos; “No, porque la población beneficiada consumirá más, la economía se activará y el Estado, en consecuencia, ingresará más dinero”, contestan los otros. Por eso parecía imprescindible tratar de explicar, en términos llanos, eso que dicen unos y otros y, ya que estamos, qué hay de verdad en todo lo dicho.
Empecemos por el principio: incluso mis alumnos de bachillerato –bueno, unos más que otros, en realidad- saben que, desde que Keynes así lo expusiera hace más de 70 años, se consideran dos formas fundamentales de activar la economía vía demanda . “Via demanda” significa aumentar primero eso, la demanda de bienes y servicios, con el objetivo de que la oferta se ponga las pilas y aumente la producción, contrate más trabajadores que a su vez tendrán más renta de consumir y hala, se vuelva a empezar.
La primera manera básica de estimular la demanda de bienes y servicios, y así la economía, es aumentarla directamente, esto es, elevar el gasto público: si el Estado se gasta cien mil euros más en camas para hospitales, eso es demanda directa sobre la industria de la cama. Ahora bien, eso conllevará, irremediablemente, una cierta subida de impuestos, ya que con algo habrá que financiar el mayor gasto público acontecido. Esta es la manera que suele caracterizar a los partidos socialdemócratas: si los impuestos que financian el gasto público son progresivos, la conjunción de ambas medidas –impuestos mas gasto público- son una excelente herramienta de redistribución de la renta, objetivo que suele recoger en mayor o menor medida el programa de este tipo de partidos. Un impuesto es progresivo, para el que no lo sepa, si grava en mayor medida a individuos con mayores niveles de renta. El IRPF es un impuesto progresivo, porque el tipo impositivo a aplicar varía en función de la renta del sujeto gravado. Parece claro entonces: esta primera manera de activar la economía, la de cobrar más a aquellos que más tienen y destinar lo cobrado a un gasto público orientado a minimizar las diferencias sociales, tiene un segundo objetivo: la mencionada redistribución de la renta.
La segunda manera de hacer crecer la demanda es hacerla crecer indirectamente, esto es, incentivando a las familias a consumir, bien sea aumentando las subvenciones a ellas destinadas, bien sea haciendo descender los impuestos que han de pagar. Cualquiera de estas medidas tiene el mismo efecto estimulador sobre la economía que hemos visto anteriormente –en el mismo sentido, si bien no con la misma intensidad, como veremos un poco más adelante-: en primera instancia aumenta el consumo, lo que luego hará aumentar la producción. Ahora bien: como ya concluíamos al describir el caso anterior, no se puede alterar una de las variables impuestos/gasto público sin tocar la otra, si no queremos disparar el déficit público. Si antes teníamos que subir los impuestos para financiar el gasto, ahora tenemos que bajar el gasto para soportar la caída de los impuestos. Es decir, elevar impuestos y gasto tiene el mismo efecto “empuje” sobre la producción de un país que hacer descender ambos, pero con una diferencia básica: la segunda opción, más propia de los partidos democristianos, no redistribuye la renta. No hay tanto gasto público con que cubrir las carencias de las clases más bajas, no hay tantos impuestos progresivos que se lo cobren a las más altas.
Vamos entonces al grano, por fin. El PP lo único que pretende hacer es adoptar la segunda de las opciones: bajar los impuestos como fin último –como fin electoralista, claro está- utilizando el consiguiente crecimiento económico no como fin en sí mismo sino como excusa, como argumento para intentarnos convencer de que no descenderá el gasto público. Además, como la reforma fiscal consistiría en evitar el impuesto a aquellos que cobran menos, pretenden hacernos creer que, a la vez que disminuyen los impuestos, convertirán el sistema en uno más redistributivo. Esto es: magia.¿Dónde está el truco?
El truco es que el argumento del PP (recordemos: que disminuir los impuestos no conllevará disminuir el gasto público porque el crecimiento derivado del mayor consumo financiará la pérdida de ingresos del Estado) es simplemente falso. Las razones fundamentales por las que lo es son tres:
1. Por un lado, está la lógica interna del funcionamiento de la espiral del crecimiento (la responsable de que aumenten consumo, producción, empleo, salarios y otra vez consumo en un círculo virtuoso): si se pudiera tocar únicamente una de las dos variables capaces de estimular la demanda -impuestos o gasto público-, sin financiarlo con variaciones en la otra, el déficit público no existiría. Cualquier gasto estatal sin contrapartida en impuestos, así como cualquier reducción de éstos sin contrapartida en una disminución del gasto, no conllevaría empeorar las cuentas públicas: se pagarían solos con la mayor recaudación que generaría la situación de bonanza económica. O sea, si las disminuciones de impuestos se pudieran pagar solas como propone el PP, el concepto mismo de déficit público no tendría sentido.
2. Por otro lado, es que además disminuir los impuestos tiene un efecto menor sobre el crecimiento que aumentar el gasto público. Esto es porque, en el segundo caso, cada euro de gasto será un euro de demanda directa sobre la economía, mientras que, en el primero, cada euro que dejen de pagar las familias no significará necesariamente un euro más en consumo: cada euro de más lo pueden gastar, pero también lo pueden ahorrar. Esta mayor o menor tendencia al consumo, denominada en economía Propensión Marginal a Consumir, es la responsable de que el llamado “efecto multiplicador” de bajar los impuestos, sea menor que el de demandar, como Estado, directamente sobre la economía.
3. Por último está el hecho de que una de las razones por las que los ingresos públicos crecen cuando la economía va bien es precisamente que, al aumentar el empleo, los ingresos via IRPF también son mayores. Ahora bien: con esta reforma fiscal, el crecimiento que se genere –que alguno se generará, tampoco vamos a ponernos dramáticos- revertirá, en términos de creación de empleo, mayoritariamente en la de puestos de trabajo precisamente de los de 16.000 euros, ya que se están incentivando de manera obvia y directa. Y, señores, si al crecer el empleo crece sobre todo el número de asalariados que se encuentran exentos de pagar su impuesto sobre la renta, difícilmente va a crecer mucho el ingreso público por esta via.
En conclusión, que no nos engañen: bajarán los impuestos, sí, pero también el gasto público. Irremediablemente. No pasa nada, es lo que siempre ha hecho la derecha, y hasta puede ser que se genere crecimiento. Pero reconocerlo es reconocer que no están pensando en la redistribución de la renta, porque, como ya sabemos, tal redistribución tiene como aliado básico el gasto público, que se puede utilizar para paliar las diferencias. Y, hasta ahora, no tenían reparo en reconocerlo.Los programas económicos de la derecha suelen dar más importancia a estimular el crecimiento que al aspecto redistributivo de la vía para hacerlo, de manera que eran abanderados del no gastar y el no ingresar. Pero ahora no. Ahora somos todos de centro-izquierda, y hasta el PP se avergüenza de decir que destinará menos fondos al gasto público. Quiere vendernos una bajada de impuestos gratis, para lo que la disfraza de política inocua, inocua y mágica, porque se cobrará menos, pero se ingresará igual.
¿Inocua? Qué digo inocua. Se disfraza hasta de redistributiva, porque claro, no es que se proponga bajar los impuestos en general, no. Se propone beneficiar a los más pobres, los únicos que, si pagaban -que el mínimo exento ya existía-, ahora ya no pagarán.
Y es que esto es lo único que es menos malo que si hubieran decidido bajar el IRPF en general, es verdad. Hasta ahora lo único que he intentado demostrar es lo falso de la afirmación de que “no bajará el gasto público”, nada más. No he dicho que beneficie más a los ricos, porque sus impuestos no bajarán. Lo que sí digo, y con esto acabo, es que perjudicará a los más pobres. Porque un tipo bien fijado redistribuye más que un tipo cero para tanta gente, porque no es lo mismo cobrar 16.000 euros que 8.000. Porque la pérdida en gasto público sobre todo la sufren los de a 8.000 –que son los que no votan, por otra parte, porque tienden a no ser españoles-, pero también los de a 16.000, nosotros, aquellos de cuyo nombre no me quiero acordar; pero eso sí: nosotros -los que votamos-, sufriremos esta pérdida sin darnos tanta cuenta, porque no pagaremos IRPF, y pensaremos que mevienebien.
Porque todos nosotros, los de los 8.000 y los de los 16.000, consumiremos más, y pagaremos más IVA. Eso sí, señores del PP, la recaudación del IVA sí aumentará con el consumo, eso seguro. Pero el IVA es un impuesto regresivo, porque al aplicar el mismo tipo a toda la población grava en mayor medida a los más pobres. Esto no lo digo yo, lo pone en todos los libros. Cuanto mayor es la renta más porcentaje de ella se ahorra, y menor es el tipo real de IVA que se paga: para una familia que gasta únicamente el 30% de sus ingresos (porque, como ganan mucho, el resto lo puede ahorrar), el porcentaje de IVA que estará pagando será el resultado de multiplicar el tipo medio por este 30%. Este porcentaje será mucho mayor para una familia que, endeudada hasta las cejas, se gaste mes a mes el 100% de su renta.
Todo esto del IVA no sería demasiado importante por sí mismo si no resultara tan preocupante la tendencia que existe actualmente en toda Europa a disminuir la presencia de los impuestos directos (los que gravan directamente a las personas y, por tanto, tienen en cuenta lo pobres o ricas que son) y a aumentar la de los indirectos, como el IVA, de los que no somos tan conscientes porque no se nos aplican directamente a nosotros –y, por tanto, por los que no cambiamos nuestros votos- pero que perjudican más a los de siempre. Pues estamos listos.