Hace poco una chica a la que cedí el asiento en el tren -viajaba con otra chica y les habían vendido asientos separados- afirmó en voz alta, tras haber tomado posesión de su nuevo puesto, que desde luego, ella no le cambiaría el sitio a nadie aunque se lo pidiera (para leer la historia completa, ir aquí).
Yo lo primero que pensé es que, me pareciera lo que me pareciera el hecho de reconocerlo en voz alta sin necesidad alguna de hacerlo, la cuestión es que desde luego lo que dí por hecho es que se trataba de la verdad.
Pero, ¿por qué parece ser la verdad? y sobre todo ¿es probablemente la verdad, o esta -alta- probabilidad sólo existe en apariencia?
En realidad, no existe ninguna razón para creer que la afirmación es cierta más allá de las mismas que llegan a concluir que su contraria (“Yo dejaría el sitio a cualquiera”) está totalmente exenta de pistas sobre su veracidad. Veamos a qué me refiero. Ala hora de enunciar esta frase, existen tres factores claves en la cabeza del sujeto: lo que sea el caso sobre si lo haría o no,las ganas de decir la verdad al respecto-sin tener en cuenta la imagen, sólo por el resto de razones posibles, qué sé yo, por diversión- y la imagen que de sí mismo quiere proyectar. Supongamos, para que sea más fácil entendernos -y porque es lo menos relevante-, que nadie tiene razones ajenas a la imagen para mentir al respecto de la cuestión. Nos que daríamos, así, con dos factores. El primero haría al sujeto decidirse entre la frase en cuestión o su negación, pongamos que con una probabilidad del 50% (si fuera el caso que la mitad del planeta tiene unos instintos y el resto otros); el segundo, le haría inclinarse por la afirmación -la de que sí, que dejaría su sitio- en la mayor parte de los casos (no sé qué parte es esa, pero una mucho mayor que la proporción de personas que de hecho lo harían, con lo que, por el bien de la explicación, supondré que es del 100%*). Si el porcentaje fuera tal, el segundo factor convertiría todas las intenciones de hablar del tema en la misma frase: “Yo dejaría el sitio a cualquiera”. El primer factor quedaría anulado; simplemente la mitad de las afirmaciones hechas serían falsas. Ésa es la clave: sólo la mitad.
Sin embargo, como todos conocemos el segundo factor y el poder que tiene, tendemos inconscientemente a inclinar la balanza a su favor, esto es: cuando escuchamos esa frase, nos resulta sospechosa. No indiferente -si su posibilidad de ser cierta es del 50%, la reacción natural debería ser la misma que la que tenemos ante la ausencia total de información, ¿no?-, sino sospechosa. O sea, que más bien no nos la creemos. Error.
Y total, que acaba pasando lo inevitable: escuchamos su negación, y sí nos la creemos. Es lógico. Sin embargo, no deberíamos. Vete tú a saber. Sólo estamos pensando en el segundo factor, el que lleva a todo el mundo a enunciar la frase contraria. Nos parece tan poderoso que pensamos que sólo un contenido absolutamente cierto y muy importante -uno que otorgue mucho poder al factor “verdad”- podría anularlo. Y claro que es tan poderoso. Sin embargo, si no podemos saber nada sobre la veracidad de “Yo dejaría el sitio a cualquiera”, no podemos saber nada sobre la veracidad de su contraria. Al reconocer que hay alguien fuera del 100%, alguien a quien el factor imagen no le puede, damos por hecho que la razón es la verdad. Pero por eso precisamente hemos fijado este porcentaje: porque ese “dar por hecho” es precisamente lo que queremos explicar. Es el 100% porque si dejamos entrar a esos seres excepcionales en su comportamiento (dicen la verdad, ignoran el factor “imagen”, grupo llamémoslo C) habríamos de dejar entrar a los que mienten por deporte (ver nota al pie), esto es, a los que afecta el factor “mentir y no por imagen”, que, dispuestos a ceder su sitio, deciden simplemente ocultarlo (grupo D). De esta manera, y n cualquier caso, seguiríamos igual. Llega una chica, tira los supuestos por el suelo, se declara contraria a ceder su sitio, y lo único que sabemos es que el porcentaje no era del 100% :sabemos que la tipa pertenece al conjunto C U D, pero nada más.
* Se puede argumentar que si el porcentaje no es del 100% hay personas que efectivamente negarían su disponibilidad a dejar el sitio siendo verdad, con lo que tendríamos razón en creer siempre cierta la frase “Yo no dejaría el asiento”. Sin embargo, todos sabemos que existe gente -entre las cuales me puedo incluir sin faltar demasiado a la verdad- a la que le divierte mentir para, con ello, estropear su imagen, por razones irracionales que desde luego no vienen al caso. Si embargo, estas personas, al ser las menos, no pueden ser importantes en la formación de nuestro primer juicio rápido sobre la veracidad de la frase de nuestra protagonista. Por tanto, creo que debemos retirar también los que, siendo cierto, lo afirmarían -lo de que “no”-, para retirar así las minorías, porque de otra manera caemos en el mismo truco: nos parecen más éstas que aquéllas, y eso también es un instinto.