| La performance
clocharista |
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| Jueves, 09 de Septiembre de 2010. |
 Ilustración: Carlos Ballesteros. |
Te gusta porque no existe
Columna de Manolo en la revista Vanidad del mes de abril sobre lo que no existe. (01-04-2005)
Este mes han estrenado al menos dos películas sobre el tema. El mes pasado fueron otras cuatro o cinco películas, se encuadernaron libros, se escribieron canciones, se imprimieron folletos, se hicieron millones de emotivos alegatos sobre el tema por todo el mundo. No es mucho; el tema ha dado y dará para muchísimo más. Hunde las raíces en el limo ese mesopotámico que lo enfangaba todo cuando lo de la Biblia y cuando lo de Egipto (no cuando Tales de Mileto; en Mileto la tierra era más seca). Crece vigorosamente a través de las edades. Extiende las ramas por aquí y por allá; podríamos enumerar por dónde pero ya se entiende la metáfora sin eso: el tema como un árbol. El tema es “las cosas que no existen”; a saber qué tendrá eso que ver con los árboles. Me he dejado llevar por “Hunde las raíces”, supongo.
Nos encantan las cosas que no existen. A mí no, claro, ésa es toda la tesis de la columnita, pero ahora estoy hablando como portavoz de los humanos y a los humanos nos encantan las cosas que no existen. Para darnos cuenta basta con oír a Johnny Depp divagando sobre cómo una chica (que está muerta) está (¿también?) en el país de Nunca Jamás. La idea es: si algo No está, es que está en No. Si está en No, está de alguna manera. Eso es un consuelo, no hay que renunciar a nada: todo lo que no está, está de alguna manera (en No, en Nunca Jamás). Basta también con ver a Keanu Reeves en tratos con lo que no existe porque en realidad existe (ángeles, demonios, el trasunto espiritual de los extraterrestres de Men In Black). Quizá nos digamos “es el Fiat, el “Hágase” del contar historias, en una historia para que A sea B basta con escribir “A es B””. Eso está bien, siempre que solamente queramos decir que en las historias inventadas se puede fingir que es real lo que no es inconcebible. Relojes que hablan, niños que vuelan, luciérnagas con forma de muchacha; ningún problema con eso. El problema viene cuando, justamente, se quiere fingir que es real lo que nadie ha concebido para no encontrarse con sorpresas. Concebir demasiado es de aguafiestas. Si no, ¿qué hay de maravilloso en un gnomo? Si realmente se piensa en el gnomo, pequeño, barrigudo, en un bosque, siete veces más fuerte que tú... Imagina que existen: es una noticia, pero no un notición; no te salva, ni te transforma, ni pasa nada de nada. Un tío pequeño vive debajo de una árbol, pues me alegro. Para que los gnomos sean maravillosos hay que añadir maravilla a la descripción. Eso sólo puede hacerse usando la palabra “maravilla” o sus sinónimos. Todo lo demás va a parecer banal por demasiado concebible. La tela roja del gorro, los pelos de la barba, incluso las orejas en punta. “Maravilla” no es explicitable. Es rigurosamente inconcebible y por eso mismo queda fuera del “Hágase” de contar historias, lo siento.
El hombre de Flores, el homo floresiensis que acaban de descubrir, era pequeño, barrigudo y vivía en una islita paradisíaca. Es seguramente la encarnación del ebu gogo de los cuentos tradicionales que se contaban en Flores hace cien años, excepto porque el ebu gogo está cargado de maravilla y el hombre de Flores es un esqueleto, unos huesos, todo eso y sólo eso. No sé qué hay que hacer. ¿Quejarse, resignarse, liarse a golpes de fémur de homo floresiensis contra los nativos de la isla de Flores, contra los escritores, contra Keanu?
NOTA: Cuando se publicó esta columnita estaban estrenando dos películas de fantasía. “Descubriendo Nunca Jamás” y “Constantine”. Yo sólo he visto la de Peter Pan y me pareció una mierda, entre otras cosas por lo que explico más arriba.
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