Rollo Blog
La columna para Vanidad del mes de febrero del 2006 va sobre beber alcohol. (13-03-2006)
Gracias
por esperar, ya he vuelto. Para vosotros hará un mes largo que
se acabaron las navidades, pero ya sabéis que lo que escribo
tiene un mes de antigüedad. Conque gracias. Podría hacer
la famosa broma de que lo siento por vosotros y que yo aún
estoy de vacaciones porque os escribo desde antes de Reyes; lo que
pasa es que la columna hoy no va de eso y, además, ese chiste
hace años que perdió la gracia.
La columna
va de que he estado en casa de mis padres pasando las fiestas. Yo
viví con en ellos en El Puerto de Santa María, en
Cádiz, hasta los dieciséis años, o sea que puede
decirse que soy portuense, hasta donde puede decirse que soy de algún
sitio: mis padres no son de allí ni está claro de dónde
son. Pero la columna no va de eso tampoco.
Mis amigos
de la infancia y de la adolescencia también son de El Puerto.
No los veo mucho; la mayoría me ha olvidado y yo he olvidado a
casi todos. Es penoso cuando me los cruzo por la calle, como
divertido es cruzarme con simples conocidos que me saludan igual que
si aún viviera allí, total, ellos qué saben.
Tampoco tengo nada más que decir sobre mis antiguos conocidos
o los amigos que ya no frecuento; o bien sí que tengo, pero
esta vez la columna tampoco va de ellos.
De lo que
sí va la columna es de los tres amigos que me quedan y de lo
que hacemos cuando, tres veces al año, coincidimos en nuestro
pueblo. Porque ellos tampoco viven allí, o qué se
esperará cuando Cádiz es la provincia con mayor tasa de
paro de España. Pues eso, a lo que iba: quedamos, vamos al bar
que haya, que ya hace tiempo que no es el bar al que íbamos, y
continuamos hablando por allí donde nos habíamos
quedado. Ya no nos preocupamos de sacar temas nuevos; pasamos juntos
doce horas cada cuatro meses, no compensaría.
Al final,
más que nada, lo que hacemos es beber. Nos ponemos cerca de
una barra y primero cervezas y luego cubatas, apetezca o no.
No quiero
repasar para vosotros el repertorio de estereotipos acerca del
entelarse (en ambos sentidos) o el reconocerse mutuamente los
borrachos. Ni sobre cómo se consuela de todo eso con el único
consuelo que existe en el mundo: el mal de muchos.
No voy a
defenderme ni a defender a mis amigos. Lo que me parezca a mí
acerca de lo que se piensa cuando va uno ciego me lo callo por pudor,
digamos, intelectual. No me enorgullezco, tampoco voy a ponerme a la
defensiva. Al fin y al cabo, estoy escribiendo esto, ¿no?
Pero
bueno, ahí está, ahí estamos los cuatro moviéndo
la cabeza al ritmo de lo que ponga el camarero que esté más
cerca del CD, nos parece estar a punto de entender qué pasa
con todo y las cosas hacen “clac”, que es el ruido que hace una
baldosa al caer en su sitio, no porque estuviera diseñada para
estar en ese sitio concreto sino porque hay sitio de sobra y la ley
de la gravedad no tiene manías. Perdón.
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