Homenaje a Ted Hughes
La columna para el número de diciembre-enero de Vanidad. (01-12-2005)
Me
gustaría ser el novio de una concursante de Operación
Triunfo. Os lo digo ahora, en frío, meses después del
final de la cuarta edición, para que no se crea que aún
estoy de subidón mediático. No hace falta que sea de
las ganadoras; me basta con una cualquiera, una buena novia
concursante de Operación Triunfo, sencilla, sensual, de
agradable voz latina con ribetes soul.
Nos
habríamos conocido en un bar de nuestro pueblo. En nuestro
pueblo habría, quizá, “el bar” y “el otro bar”.
En el bar nos habríamos mirado y en el otro bar, al cabo de un
par de semanas, nos habríamos hablado por fin. Al otro bar se
iría después de ir al bar; uno empezaría la
noche en el bar, tomando cerves con los amigos, viendo el
partido del Plus y luego ya un poco de música hasta que,
cuando lo cierran a las tres de la mañana, nos iríamos
todos al otro bar. En nuestro pueblo hará frío a lo
mejor, y todo el mundo bajará la calle del bar al otro bar
frotándose las manos, las chicas ateridas, preciosas con las
mejillas arreboladas; la más guapa sería la concursante
de Operación Triunfo.
Llevaríamos meses saliendo; años. Todos sabríamos
de su don, desde siempre. Habría habido, por ejemplo, la
ocasión en que alguien se llevara una guitarra a casa de algún
otro y la pandilla entera cantaría Sabor De Amor,
Escuela De Calor, No Me Importa Nada, a voz en grito,
entre risas. Poco a poco notaríamos que nuestras voces ciegan
una campana de cristal, un diapasón celeste y nos iríamos
callando extasiados mientras ella, algo nerviosa, acabaría la
canción acompañada solamente por nuestro amigo el
guitarrista. “Que
rías o que sueñes/que digas o que hagas/y no me importa
nada...” hasta el silencio
reverencial y luego los aplausos, vivas, y yo le daría un
beso.
Cuando
saliese la convocatoria para el casting de OT la animaríamos
a presentarse. El primero en decírselo sería sin duda
nuestro amigo moderno, el que está al tanto del pop y
sus estrellas; luego los demás una y otra vez mientras ella
menearía la cabeza, que no, que no. Un día me sentaría
delante de ella, le miraría a los ojos, le atusaría el
adorable flequillo y le diría “No puedes desperdiciar
esta oportunidad. Yo creo en ti. Dios, es tu sueño”. Nos
abrazaríamos y allí mismo ella enviaría el SMS y
me sonreiría.
El día
del casting nos levantaríamos temprano e iríamos en mi
coche a la capital de provincia. Ella llevaría unos pantalones
de cintura baja y un jersey sin mangas, y se habría maquillado
con esmero. Pasaría el primer corte, y el segundo. Cuando
viniera a darme la noticia de que ha pasado el tercero un cámara
la seguiría y la filmaría mientras ella se me echaría
encima y me cubriría el rostro de besos, llorando ya.
Celebraríamos su entrada en la Academia con una gran fiesta
con la pandilla y, al día siguiente, una cena íntima
los dos solos. Haríamos el amor y ella me cantaría You
Are The Sunshine Of My Life.
Luego las
llamadas de teléfono desde la casa, “-Te echo de menos
-Aguanta, cariño, disfruta de esta ocasión única,
te quiero”; los cínicos comentarios sobre ella en el
debate del magazine de mañana, que me harían
hervir la sangre; una visita por sorpresa (cuántas semanas
sin abrazarla, Dios, pensaría yo); los besos que me
tiraría a cámara; los jugueteos con sus compañeros
de estudio, pero todo se lo perdono, Dios, qué guapa es;
las camisetas que imprimiríamos con su cara y la reunión
con el concejal de turismo para preparar una retransmisión
desde la plaza del pueblo.
Por fin
llegaría la semana en que, nominada, con todos los pronósticos
en contra, eligiría cantar
You Are The Sunshine Of My Life en la gala. La expulsarían
y, cuando cantase otra vez You Are The Sunshine Of My Life
para despedirse del público yo, sin imaginar que las cámaras
me estarían enfocando, lloraría; lloraría
desconsoladamente.
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