Todo el mundo finge
Artículo para el Vanidad de octubre del 2005. Manolo estaba nervioso por algo, o algo. (01-10-2005)
O es que al final no
habrá que acabar dudando de la honestidad de la gente. Por
ejemplo, de los ensayistas. Sí, de todos; hoy me he levantado
expeditivo.
Lees sus libros, los
ves hablar por la tele, y piensas “no tienen ni puta idea”. Que
no se ofenda nadie, hay muchos asuntos sobre los que no se puede
tener ni puta idea. Por ejemplo, no se puede tener ni puta idea de
astrología porque no hay nada que saber; o sobre santería.
(Ya que estamos, en mi barrio hay un santero que asegura que te
refina el genoma. Si a alguien le interesa le doy la dirección).
Pero hay otros asuntos
que a primera vista son importantes, asuntos sobre los que merece la
pena estar ahí, liados, hasta que salga a la luz la madre del
cordero y el quid de la cuestión: asuntos como la
“verdad”, el “sentido” de las cosas, la “condición
humana”. Sin embargo, a lo que se ve, también es imposible
que sobre eso nadie diga nada que merezca la pena. Y mira que todo el
mundo piensa sobre esas cosas, ¿no? Sólo pensamos
tonterías, claro, pero uno se dice: “Será porque no
tengo ni puta idea; la gente que haya dedicado una vida a esto lo
tendrá mucho más claro”. Así que buscas en
internet, o en una librería, y te pones a leer. Hasta que, al
cabo de varios cientos de páginas te dices: “Todo esto me
parece absurdo e incomprensible (ni puta idea, etc.). Será
porque aún no entiendo las sutilezas. Cuando lea más,
seguro que pillo por qué lo que dicen es útil, o
verdad”. Lo más probable es que lo dejes ahí, pero, a
lo mejor, si estás muy interesado o muy aburrido, seguirás
leyendo. O, si tienes quince años cuando te pasa todo eso, te
pones en serio y al correr de los años eres uno de ellos. Un
experto en esos asuntos, aunque sigas sin tener ni puta idea; y
mientras esperas a verlo claro mates el tiempo escribiendo sobre el
asunto en cuestión, discutiendo con tus colegas sobre
abstrusas características secundarias del asunto hasta que te
mueres o te jubilas. Mientras los demás estamos esperando a
que des con la clave y nos la expliques, payaso.
Gilles Deleuze, uno de
mis farsantes favoritos, dice algo muy plausible: “¿Cómo
escribir si no es sobre aquello que no se conoce, o que se conoce
mal? Pues sólo sobre esas cosas creemos tener algo que decir”.
Deleuze era un tipo perspicaz, y un verdadero artista, pero estaréis
de acuerdo en que, si uno pretende extraer conclusiones de sus
libros, va apañado. Porque sus libros son ininteligibles. Así
que seguramente lo que le pasaba era eso: empieza a escribir cuando
cree que tiene algo que decir, algo que entiende mal, algo sobre lo
que no está seguro; poco a poco se da cuenta de que en
realidad lo que le parecía algo no era nada, que no hay nada
que decir. Pero cómo dejarlo ahora, con lo bien que se lo está
pasando y, en fin, la beca, la cátedra, la carrera. Además,
que pensar es precisamente eso: no estar seguro,
orientarse a tientas por el laberinto de etc. etc.
Excusas para no
reconocer que sería mucho más honesto levantar en ese
mismo momento el bolígrafo del papel. Si le preguntas, te dirá
que estos temas no se dejan pensar; pero nos hace falta pensarlos;
pero no se puede; pero il faut. Y, si en el rato que pasa
haciendo todo eso, se muere o se jubila, pues ya está.
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